Compras cien piezas y a los diez días ya no tienes 44 ni 46: te quedan puras 38 y una 52 que nadie se lleva. El rack se ve lleno y no hay nada que vender.
El proveedor te manda la corrida al revés: te carga de chicas y de la 48 te manda dos. Y si compra en non, además hay que correr el tallaje antes de colgarla.
Vendes un vestido en el vivo, lo apartas en comentarios, y a los veinte minutos lo vendes otra vez en el piso. Quedaste mal con las dos.
En línea de cada diez pedidos te regresan tres o cuatro. No es que no les guste: es que nadie sabe qué talla es en ese modelo.
El taller te escala el patrón de la 38 y te saca una 48 que aprieta de sisa y se le abomba de la cadera. Se te regresa toda la corrida alta: un tercio del modelo.
Llega un cliente que no encontró nada en tres tiendas, se prueba, le queda y se lleva cuatro cosas. Ese cliente vale oro y ni sabes cómo se llama.
Tienes la 46 en la otra sucursal y no te enteras. Le dices que no hay y se va a comprarla en línea a otro lado.
Lo que más te piden es vestido de fiesta de la 46 para arriba, y es justo lo que nadie te surte y lo que más te tardas en mandar hacer.
Te enseña el teléfono: “allá me sale en $180 y sí hay 5XL”. De precio no le compites, y tampoco quiere esperar tres semanas para que le llegue algo que no sabe si le va a quedar. Le compites con que aquí se la prueba hoy, aquí le queda y aquí se la ajustas.
Ningún sistema de ropa entiende que aquí la corrida empieza donde las demás la terminan, que la venta está en las de en medio y que de la 46 para arriba cambia la proporción y no el tamaño. Sacs sí: cada pantalla que sigue funciona igual en el mostrador, en el probador, en el vivo y en el WhatsApp. Y encima puedes poner agentes de IA para que hagan el trabajo repetitivo: el aviso de la talla que se está acabando, el resurtido del centro de la corrida y el mensaje de “ya llegó en 48” a quien la estaba esperando.