Tienes diez escuelas y cada una tiene su lista, su precio y su escudo, y todo está en la cabeza de la encargada y en tres libretas.
En agosto no sabes si la talla 12 del suéter está en la tienda, en el módulo o ya la vendiste, hasta que la mamá está enfrente.
Tenías 400 apartados y en agosto no sabías cuáles ya estaban listos ni quién te debía saldo.
El módulo de la escuela no tiene internet: cobras con terminal y libreta y en la noche nadie sabe cuánto entró de verdad.
Cortaste por lo que te acordabas del año pasado y te quedaron 300 piezas de talla 4 y 16, y la escuela cambió el modelo.
El bordado se te atora: no sabes qué órdenes van primero, qué ponchado ya tienes y qué le prometiste a la empresa para el viernes.
La primera semana de clases se te regresan 200 prendas por cambio de talla y se te revuelve todo el inventario.
La empresa te pide factura por 120 empleados con talla y nombre de cada uno y te tardas dos días armando la relación.
Ningún sistema de ropa entiende que aquí el pedido lo arma la lista de la escuela, que el módulo es un almacén que nace en julio y muere en septiembre, ni que un suéter liso sirve para diez escuelas hasta que se le borda el escudo. Sacs sí: cada pantalla que sigue funciona igual en el mostrador, en la mesa del módulo sin señal y en el WhatsApp. Y encima puedes poner agentes de IA para que hagan el trabajo repetitivo: el aviso de “ya está listo”, el recordatorio de saldo y el sugerido de cuánto cortar por escuela.