La mamá regresó en agosto por el de 6 y ya nomás te quedaba el 2 y el 14. Se fue a la tienda de enfrente y ahí se queda.
Vendes puro regalo en diciembre y en enero vives cambiando tallas sin saber qué era, en qué talla lo tienes ni cuánto costó.
Mandaste a maquilar 300 vestidos y te quedaron 60 del 12, 14 y 16 que nadie pide. Ya van dos veranos colgados.
Tienes tres tiendas y no sabes cuál tiene el 4 de la sudadera azul. Llamas, cuentan, te dicen que sí, y cuando lo mandas ya se vendió.
Subiste la foto a Instagram, te lo pidieron en 8 seis personas, y la única de 8 se vendió en piso a las diez.
El ropón lo apartaron con mil pesos en abril para el bautizo de junio, y nadie sabe cuánto le falta ni cuál ropón era.
El Día del Niño vendiste como nunca y al otro día no tenías ni playeras lisas del 4 y del 6. Nadie te avisó que iban en cero.
Ese conjunto no se vende suelto, y vendieron el short solo a 80 pesos. Ahora tienes una playera descompletada que nadie quiere.
Ningún sistema de ropa entiende que aquí la talla es del hijo y cambia sola, que la mitad de lo de bebé y de diciembre lo compra alguien que no es la mamá, ni que el conjunto no se separa. Sacs sí: cada pantalla que sigue funciona igual en el mostrador, en la mesa de regalo y en el WhatsApp. Y encima puedes poner agentes de IA para que hagan el trabajo repetitivo: el aviso de talla siguiente, el del cumpleaños y el pedido antes del Día del Niño.