Le apartaste la blusa, se la guardaste tres días, nunca te depositó — y a la que sí iba a pagar ya le dijiste que no había.
Se te encimó: vendiste dos veces la misma pieza porque la traías publicada en tres lados, y tuviste que pedirle perdón a la clienta.
Contestaste dos horas después y te dijo “gracias, ya la conseguí”. La venta se murió en el chat.
Hiciste el live, apartaste 40 piezas en una hora, y te quedaste hasta la una de la mañana cobrando y armando paquetes con un papel.
Te mandó la foto del comprobante, la viste de reojo, mandaste el paquete y nunca te cayó el dinero.
Le cobras $99 de envío, te cuesta $135, y si te lo rechazan pagas ida y vuelta. A fin de mes te llega el cargo por sobrepeso de lo que ya cobraste.
Todo cae a tu cuenta personal: sacas para la despensa y luego no te alcanza para surtir. Y no te pagas sueldo.
Te devolvió por talla, tardó semana y media en regresar, tú pagaste la guía de vuelta, y llegó con el forro salido: esa ya no se vende a precio lleno.
Ningún sistema de tienda entiende que aquí no hay caja: que el mostrador es un chat, que “te lo aparto” es el momento más caro del día y que la misma pieza está publicada en cuatro lados al mismo tiempo. Sacs sí: cada pantalla que sigue vive dentro de tu celular, sin que te cambies a una computadora. Y encima puedes poner agentes de IA para el trabajo repetitivo: el aviso de que hoy vence, el aviso a la fila cuando se libera una pieza y el “llegó tu talla”.